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Máquinas mortales
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Calificacion 4.8
Género:

Acción/ Aventura/ Ciencia ficción

País:Nueva Zelanda
Duración:128 min.
Año:2018
Director:Christian Rivers
Reparto:
Hugo Weaving, Hera Hilmar, Robert Sheehan, Jihae, Ronan Raftery, Leila George, Patrick Malahide, Stephen Lang, Joel Tobeck, Frankie Adams, Colin Salmon, Caren Pistorius, Stephen Ure, Andrew Lees, Mark Mitchinson, Calum Gittins, Nathaniel Lees, Mark Hadlow, Sarah Peirse, Regé-Jean Page, Menik Gooneratne

Máquinas mortales

Mortal Engines
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Miles de años después de la destrucción de la civilización por un cataclismo, la humanidad se ha adaptado y, ahora, existen gigantescas ciudades en movimiento que vagan por la tierra sobre enormes ruedas absorbiendo a los pueblos más pequeños para obtener recursos. En una de esas colosales urbes Tom Natsworthy (Robert Sheehan), proveniente de la clase baja de Londres, deberá luchar por su vida junto a la peligrosa fugitiva Hester Shaw (Hera Hilmar). Dos opuestos, cuyos caminos nunca debieron cruzarse, forman una peculiar alianza destinada a cambiar el curso del futuro.  Máquinas mortales

 

Critica:

Al principio, poco sabemos más allá de que estar en la gran llanura entraña peligro.
Entonces aparece Londres, todo rueda oruga y estructura colosal, amenazando con asimilar «navíos» más pequeños, indefensos ante su sola visión, y entendemos la dinámica de cacería por la cual en este futuro la élite acaba comiéndose a los débiles, literalmente.
Es un capitalismo retorcido, retratado con poderío y urgencia, que te mete en la acción tanto como si tú fueras presa de ese mastodonte cubre-horizontes.

‘Mortal Engines’, desafortunadamente, nunca vuelve a ponerse a la altura de sus propias circunstancias.
Hester Shaw es una protagonista desfigurada, vengativa y desesperada, mientras que su repentino compañero Tom Natsworthy, habitante de Londres, necesita un par de golpes de realidad de la llanura para darse cuenta del catastrófico equilibrio que ha ignorado hasta ahora. Igualmente Thaddeus Valentine, enemigo a batir, cuenta con la tranquila malicia de Hugo Weaving para que nos demos cuenta de cómo cualquier líder ha llegado donde está sobre mentiras, en tiempos de necesidad.
Pero esos mimbres no importan, se quedan tristemente pequeños en los escenarios que habitan, porque al director Christian Rivers y colaboradores les interesa más el «extraordinario» mundo que han creado: trituradoras gigantescas de barrios enteros, bases aéreas puenteadas entre globos clandestinos y yermos surcados por marcas de llanta kilométrica.

Extraordinario, desde luego, pero cada vez más rutinario a medida que avanza la partida: no dejan de ser cuadros en los que tópicos andantes se apresuran a «no-se-dónde» para averiguar «no-se-qué», mientras el fin de la civilización se acerca (gran novedad).
Particularmente irónico acaba siendo que el único depositario de humanidad sea el elemento más ajeno a ella: Hester fue criada por una especie de humanoide robótico llamado Shrike apenas vivo (y apenas explicado también) que la ofrece una transfusión de ser a metal frío como la suya, para olvidar el trauma de su cara cruzada a cicatrices.
Se trata de una subtrama tan ajena a todo lo que se cuenta, tan salida de la nada, tan loca dentro de conceptos reciclados, que se gana mi simpatía simplemente por afirmar que incluso en el más artificial de los corazones puede sobrevivir un amor paternal reminisciente del viejo mundo.

Nada deja más huella que eso, pero era difícil hacerlo cuando cada cinco minutos se presenta un nuevo personaje nunca antes mencionado, y cada diez asoma un nuevo lugar que pretende aturdirte a planos aéreos de maravilla estéril.
Este postapocalipsis merecía más, ni que fuera porque la mirada de Hester Shaw parecía capaz de desafíar toda esa montaña civilizada de creencias y políticas caducas, desplazándose a velocidad absurda.

Había una curiosa pregunta de fondo aquí, intentando saber si somos tan desesperados como especie para cargar una mochila de emblemas y monumentos, justificando nuestra supremacía depredadora frente a otros.
Pero, al final, eso se desvanece, y todo queda en meras máquinas mortales a detener cuanto antes.